Escriben la película de Alfonsín

22 agosto, 2017

Claudia Piñeiro delinea el guión junto al nieto del “padre de la democracia” y los productores Luciano Olivera y Rafael Veljanovich.

La laguna de Chascomús está calma. Una breve brisa hace que las aguas apenas se muevan, casi hipnóticas.

Raúl Alfonsín tiene 9 años y en la orilla lee un libro sobre patriotas y héroes latinoamericanos. De repente lo interrumpe uno de sus hermanos: la comida está lista y mamá llama.

Raúl lo ignora, su vista perdida en el horizonte.

─Desde chico era un hombre que miraba lejos ─le dice a Clarín Ricardo “Titico” Alfonsín, nieto del ex presidente radical considerado “el padre de la democracia”, que gobernó de 1983 a 1989 y falleció en 2009, a los 82 años.

Desde hace meses en la cabeza de “Titico” sólo hay espacio para un tema: la película sobre su abuelo. Trabaja con la escritora Claudia Piñeiro y los productores Luciano Olivera y Rafael Veljanovich, ambos militantes de la Juventud Radical durante aquella “primavera alfonsinista”. Esperan estrenarla en 2018.

No se trata de un documental: es una obra de ficción, interpretada por actores en escenarios reales y con vestuarios de cada época.

Y plantea una reconstrucción completa de la vida de Alfonsín: desde su niñez en Chascomús, lugar donde nació el 12 de marzo de 1927, pasando por sus inicios en política, la dictadura, su campaña del 83, el ascenso a la Casa Rosada, los levantamientos carapintadas, la salida anticipada del poder y el retorno a los primeros planos como senador nacional, en 2001-02.

El cineasta

─Yo quiero ver al héroe en la pantalla ─dice “Titico”.

Tiene 32 años, estudió cine en Europa y busca emular grandes obras de Hollywood como JFK (sobre John Fitzgerald Kennedy) o Gandhi. Siente la presión familiar, nada menor. Y desde que comenzó a investigar más, quedó 100% atrapado por la historia del abuelo.

Lo conoció el primer día de su vida. Minutos después de abrir los ojos el 8 de julio de 1985, a las 5:45 de la mañana, en el hospital Italiano, el presidente ya lo tenía en brazos.

─Lo recuerdo sentado frente a un gran ventanal, en Chascomús ─detalla─. Comiendo atún con mayonesa y tostadas. Callado, siempre callado, y mirando aquella laguna donde leía. Está con “Tyson”, un labrador negro de la familia, y mi mamá Cecilia lo reta porque le da de comer.

El militante

Luciano Olivera vio por primera vez a Raúl Alfonsín y automáticamente se sintió radical.

Ocurrió a las 4 de la tarde del 26 de octubre de 1983. Hacía un calor inusual.

Luciano vivía en Independencia entre Bolívar y Defensa, en el barrio de San Telmo, a 2 cuadras de la CGT y a 6 de la avenida 9 de Julio. Tenía 14 años y estaba en el balcón. Las calles comenzaron a llenarse de gente que caminaba hacia el Obelisco.

En su casa simpatizaban con la Unión Cívica Radical pero no se respiraba política. Su papá había muerto y su mamá, uruguaya, no votaba.

Sin pedir permiso Luciano se sumó al gentío. Muchos llevaban boinas blancas. Algunos cantaban:

Fíjense todos,

está a la luz:

está con nosotros,

el macho de Chascomús.

─Llegué por la 9 de Julio hasta Diagonal Norte y me quedé ahí todo el acto ─cuenta Luciano a Clarín─. El audio era malo, pero el silencio cuando habló Alfonsín es algo que no voy a olvidar jamás. No volaba una mosca.

También fue 2 días después al cierre de campaña del peronismo, en el mismo escenario: el Obelisco. Y quedó impactado por la cantidad de colectivos que estacionaban en la CGT y por avenida Independencia, a 45 grados. No había visto eso en el acto radical.

Vio, además, una bandera enorme y negra con letras blancas que decían “Montoneros”, y otras rojas del Partido Comunista. Y vio una cantidad abrumadora de gente.

Volvió caminando y le dijo a su mamá que era imposible ganar: que ellos eran más. Muchos más.

Se equivocó. Y al poco tiempo en el colegio secundario comenzó a militar en la agrupación Franja Morada.

La escritora

Claudia Piñeiro lo votó en 1983. Y la figura del ex presidente se le sumó a su cotidianidad hace 5 años: justo cuando empezó a estar en pareja con Ricardo Gil Lavedra, integrante del tribunal que condenó a los militares de la dictadura en el célebre Juicio a las Juntas. Gil Lavedra también fue diputado nacional por la UCR y es, ante todo, un ferviente alfonsinista.

─Todo el tiempo me habla de Alfonsín… ─dice la escritora, que ganó el Premio Clarín de Novela en 2005 por Las viudas de los jueves─. Y así tomó otro peso específico en mi vida.

Por ejemplo: un día encontró a Gil Lavedra con los ojos llorosos. Estaba viendo un video de aquel acto en el Obelisco, cuando Alfonsín recitó el Preámbulo de la Constitución Nacional ante una multitud.

El grupo

Hace más de un año las vidas de “Titico”, Olivera y Piñeiro se cruzaron en torno al mismo personaje: Raúl Ricardo Alfonsín.

“Titico” aprendía cine en Barcelona cuando conoció al productor Rafael Veljanovich, ex presidente de la Federación Universitaria de Buenos Aires (FUBA) y la Federación Universitaria Argentina (FUA). Juntos comenzaron a delinear la película.

Enseguida se sumó Luciano Olivera, y los 3 fueron en busca de Claudia Piñeiro para plasmar esas ideas en un guión.

La escritora justo estaba haciendo su última novela, Las maldiciones, en la que quienes encarnan la “nueva política” se enfrentan con aquellos que rescatan la figura de Alfonsín.

─Me sorprendió ─dice Piñeiro─, porque sólo gente muy cercana sabía lo que estaba escribiendo. Fui a la reunión pensando que me iban a proponer algo parecido a Las viudas de los jueves y yo iba a decir “Muchas gracias, pero no”.

Creía que ninguna oferta le podía interesar. Hasta que le dijeron: “Queremos que escribas la película de Alfonsín”.

─Me pareció imposible decir que no. Es impactante cómo mucha gente en el mismo momento está pensando algo y un día se junta. Es mágico.

─¿Esta película choca con “la grieta”?

Piñeiro: No sé si la grieta tiene que ver con la diferencia de hacer política o con cosas peores aún. No creo que nadie le haga asco a un político que no sea corrupto, que piense en el bien común, que tenga un discurso con ideas y peso ideológico. Me parece que nos están haciendo creer eso.

─¿Gustó la apuesta a la ficción, cuando podría ser un documental?

Piñeiro: Mucho. Porque da una libertad de acción mayor. Estamos pensando quién es el mal y si querés, te traigo al Guasón: me permite manejar ciertas cosas desde la ficción más protegida.

“Titico”: No deja de ser nuestra mirada sobre un personaje y los hechos históricos que atravesó.

─¿Qué les sorprendió o no imaginaban encontrar?

Piñeiro: Todos los entrevistados te cuentan la misma anécdota con ellos de protagonistas. Hay anécdotas que se repiten… o a Alfonsín muchas veces le pasó lo mismo. Hay algo raro ahí. Es como entrañable, un cariño hacia el personaje. Cuando empecé esta película no tenía totalmente claras algunas cosas y después de investigar, te diría que su figura creció para mí mucho más. ¿Se equivocó algunas veces? Puede ser. Pero tenía como mira el bien común, no tengo dudas.

Olivera: Yo tenía una imagen del tipo abierto, democrático, defensor de las instituciones. Me sorprendió y me gustó lo intrépido del personaje. Hacer aterrizar una avioneta en una ruta, caminar en el medio de la balacera cuando todos se tiran cuerpo a tierra en el cuartel de La Tablada. Me lo imaginaba un poco más como sus trajes, como su estilo, un poco más de pueblo, campechano, sobrio. Había una cosa de coraje y cierta dosis de locura que le hacía bien. Sirve para entender por qué iba tan al frente con las decisiones.

“Titico”: Confirmé una sospecha que tenía: Alfonsín era un tipo callado. Cuando venía a casa, los nietos estábamos alrededor y él miraba el piso, concentrado. No nos hablaba durante horas. Bah, quizá eran minutos pero a mí se me hacían horas. Yo lo recordaba silencioso y tímido. Y quienes lo tuvieron más cerca, sus amigos, reconocen eso: que en grupo se desenvolvía bien, pero mano a mano era más bien callado.

La Margarita

Mientras hablan Piñeiro, Olivera y “Titico” con Clarín, la histórica secretaria privada de Alfonsín, Margarita Ronco, acomoda papeles en el departamento del quinto piso de avenida Santa Fe 1.678: el búnker del ex presidente desde que dejó la Casa Rosada hasta que murió, el 31 de marzo de 2009, por un cáncer de pulmón.

─Estoy contenta de que se haga la película ─dice Margarita─. Él lo merecía.

Todo en la casa está como Alfonsín lo dejó. Aunque algo revuelto, porque ahora la Casa Rosada encabeza un proyecto para digitalizar cartas, documentos y fotos.

Su escritorio, en cuyas paredes habitan imágenes Leandro N. Alem e Hipólito Yrigoyen, está repleto de cajas con el archivo personal.

Algunos pasos a la izquierda, un cuadro de la casa de los abuelos de Alfonsín en España decora un pasillo. Y hay decenas de fotos con otros líderes mundiales. (Llama la atención un apretón de manos con un chico, que hoy es el rey Felipe VI.)

El placard sigue intacto, con cada traje impecable. Y tras una puerta que pocas veces se abre está el cuarto acondicionado donde Alfonsín pasó sus últimos días.

El lugar retiene esa mística austera y radical. El lujo más visible es una vitrina con los mates que coleccionaba.

En la gigantesca biblioteca se destaca una pequeña escalera de madera.

─Se la regalaron para un cumpleaños y él se paraba ahí y daba discursos ─explica Margarita.

El personaje

Además del archivo con discursos, cartas, entrevistas, fotos y videos, para el guión se hicieron decenas de reportajes, desde Margarita hasta dirigentes como Horacio Jaunarena y Enrique “Coti” Nosiglia, pasando por Daniel Tardivo, el custodio que lo siguió a sol y sombra desde la Presidencia hasta el último día de vida: el mismo hombre que en 1991 lo salvó de un intento de asesinato en San Nicolás.

─La historia de Alfonsín es inconmensurable ─dice Claudia Piñeiro─. Ese es el problema: podríamos entrevistar gente hasta el 3010… Tenemos que hacer un recorte y quedarnos con algunas voces.

─¿Cómo reconstruyeron la infancia?

Piñeiro: Un poco a través de entrevistas en las que él cuenta cómo eran sus vacaciones, cómo era cuando nacieron sus hijos, qué leía. Sufría problemas bronquiales, entonces estaba mucho tiempo en su casa, leyendo.

“Titico”: Formaron parte de la investigación miembros de la familia, hijos, hijas, hermanas. Y todo el círculo más íntimo del ámbito profesional.

─¿Es un thriller político?

Piñeiro: No creo que técnicamente sea un thriller, pero sí están el bien y el mal, el suspenso. Luchamos con algo difícil: la gente en general conoce esta historia. Entonces hay que engancharse con el descubrimiento de un personaje. La parte que no conocemos. Como siempre dice Luciano: Alfonsín es de todos, pero todos tienen una partecita. El desafío es armar una historia donde se lo pueda ver tridimensionalmente. Sabés que es presidente, un prócer, pero no mucho de dónde vino, por qué el niño de Chascomús llega, quién fue después de eso.

“Titico”: Hay elementos del thriller que decantan solos, situaciones como La Tablada que tuvo que atravesar durante su Presidencia.

Olivera: Hay disparadores para escenas de acción. Cuando ves un presidente, tenés un recorte; encima, en una época en la que no había redes y demás. Conociste lo que pudiste a través de la tele, las apariciones públicas y algún que otro chismorreo, no mucho más. Lo que se propone la película es esa cuestión tridimensional del personaje. Para entender, por ejemplo, lo que hace con el Juicio a las Juntas: toma una decisión histórica a nivel mundial (muchos no tomamos nota de su efecto multiplicador y ejemplificador) y casi no habló más del tema. Otro hubiera hecho una bandera con eso. Descubrir ese recorrido para mí fue fascinante.

Su película

Pocos lo saben: el propio Raúl Ricardo Alfonsín escribió una película.

Corría 1966, gobernaba Juan Carlos Onganía y Alfonsín “no tenía un mango”, le costaba mantener a la familia. Entonces hizo un guión y lo llevó a Canal 7, donde trabajaba como secretaria Olga, la hermana de su mujer María Lorenza Barreneche.

Era un thriller político. Alguien quería asesinar a un candidato a presidente. El atentado se iba a ejecutar en el acto de cierre de campaña. La esposa descubría el plan y corría hacia el escenario desesperada, para avisarle, gritando su apellido. Pero el gentío se contagiaba y todos se ponían a vivarlo.

A Alfonsín le bocharon la idea.

Ya en tiempos mejores, solía reírse con sus hijos cuando recordaba ese revés: años más tarde salió una película muy similar a la había imaginado.

─Mejor que me la rechazaron ─decía─: mirá si me acusaban de plagio.

Hoy, su nieto escribe su propia película. La película de Alfonsín.

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